| Dignidad Humana y Legalización de las Drogas |
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| Revista - Número 3 | |
| Escrito por Juan Carlos Thomas | |
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El intento por establecer la validez moral de una acción que legalice el consumo de estupefacientes requiere de la consideración cuidadosa del concepto de dignidad, pues, es en nombre del respeto a la dignidad, entendida como el derecho que le asiste a cada quien de gobernar su vida a su antojo, que se produce la despenalización. Pero hasta ahora, el concepto de dignidad había sido tratado someramente y se hace necesario precisar su sentido y delimitar su alcance.
Se verá en lo siguiente que las opiniones contrapuestas de los magistrados pueden ser traducidas al lenguaje propio de la ética kantiana y que la discusión en torno a la interpretación adecuada del Artículo 16 de la Constitución Nacional es equiparable a una disputa acerca de los derechos que en nombre de la dignidad han de ser respetados en el hombre, pues si el individuo tiene derecho de disponer de su propia persona, ¿es cierto, también, que puede aún destruirla? 1. UN ARGUMENTO KANTIANO EN PRO DE LA LEGALIZACIÓN Las teorías éticas son construcciones teóricas que pretenden establecer una definición de lo bueno y lo malo que se constituya en criterio evaluador de la corrección moral de una acción cualquiera. En esta sección se introduce una de las formulaciones del criterio moral kantiano que, posteriormente, se usa para definir la manera en que deben ser tratados los hombres. Tal definición hace posible evaluar si es éticamente correcto que el Estado penalice el consumo de estupefacientes y permite examinar la validez de los supuestos en que se asienta la medida. La teoría ética kantiana pretende resolver la cuestión relativa al criterio conveniente para juzgar la bondad de una acción concentrándose en el respeto que guarda la misma por un determinado principio. Es bueno todo aquello que se hace por respeto a lo que se ha establecido como correcto, por un apego desinteresado hacia el deber y no por una búsqueda consciente de efectos ventajosos:
El hombre verdaderamente respetuoso del deber quiere más que obrar de acuerdo con él, quiere obrar por él, siendo el respeto a éste el único incentivo para actuar. Las acciones virtuosas son, en consecuencia, acciones eminentemente desinteresadas, realizadas porque la voluntad del sujeto lo obliga a abrazar el deber sin importar cuáles sean las consecuencias que para él se deriven de ello. Es correcto conservar la vida y hay que hacerlo aún en los casos en que es inconveniente hacerlo; Kant lo ejemplifica diciendo:
Actuará virtuosamente, en su trato con los hombres, uno que se acerque a los demás de manera totalmente desinteresada, que sea incapaz de ver en ellos escalones de los que pudiera servirse, como de peldaños de una escalera, para acceder a posiciones y posesiones que de otra forma le resultarían inalcanzables. Quedó dicho que si una acción es conforme al deber pero se efectúa esperando recibir ventaja, entonces no es virtuosa y que sólo tiene contenido moral cuando es el respeto puro al deber el motor que la impulsa. De la misma forma, si se trata como es debido a los demás, pero esperando derivar de ello alguna contraprestación, entonces, no se actúa virtuosamente, pues el respeto debido al otro debe atenderse por amor al otro y no por amor a las prerrogativas que de ese trato se puedan derivar. El trato virtuoso entre los hombres exige que estos se den los unos a los otros el tratamiento de fines en sí mismos y no de fines intermedios, de requisitos cuyo cumplimiento deba verificarse para alcanzar algún otro fin ulterior. Que alguien quiera ser millonario es un deseo legítimo y respetable, pero no lo será una acción que para conseguir tal fin se sirva de los demás como meras instancias preliminares, no será correcto que el sujeto, en ese trance, decida amasar fortuna casándose con una viuda rica a la que busque no por ella misma sino por su patrimonio. En la formulación propia de Kant: “ obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio. ” 3 Lo que convierte en incorrecta a la acción, tanto en este caso como en cualquier otro, no es lo deseado, la naturaleza de lo preferido (objeto material de la acción) sino la manera en que se pretende acceder a ello, el aspecto formal de la acción. Justamente por eso Kant realiza un “procedimiento de universalización de la máxima de la acción como criterio por antonomasia de lo moral y, en consecuencia, irrelevancia del contenido material de las acciones para la determinación del carácter moral o inmoral de las mismas” 4 que le permite extender sin límite el campo de acción de su criterio. Si ya no son ni lo deseado ni las consecuencias que siguen a la acción el fundamento del criterio moral, se disipa toda particularidad, todo asomo de casuística y se puede ascender, por la vía del respeto al deber, a un criterio moral aplicable sin excepción alguna. Para responder a la pregunta ¿será correcta la acción que me propongo? Es, no sólo posible sino necesario, prescindir del objeto perseguido y de las consecuencias para fijarse únicamente en si al proceder se respeta o no el deber consignado en la segunda formulación del imperativo categórico kantiano. La universalidad de tal principio es absoluta y la posibilidad de su aplicación infinita, al despreciar los pormenores de cada acción y exigir respeto desinteresado por un único principio no conoce excepción alguna, la fuerza de su obligación ni mengua ni admite atenuante. Todo hombre está forzado a reconocer que cuando contraviene el contenido de tal principio actúa inmoralmente y que es imposible que haya un caso en que pueda ser su acción moral si lo irrespeta. No hay acción moralmente válida que, para llevarse a cabo, haya requerido el uso instrumental de las personas involucradas. Cada vez que una acción usa a un hombre como medio para acceder a un fin distinto a él mismo, lo irrespeta porque hace de él una cosa. Los objetos están dispuestos, incondicionalmente, para ser producidos, distribuidos y usados como instrumentos del placer humano:
En cambio los hombres poseen una individualidad que los dota de fines propios, respetables en su originalidad e inalienables en tanto proyectos de vida. La persona, como lugar donde se albergan ilusiones, sueños, deseos y esperanzas, debe ser un fortín inexpugnable en el que nadie debiera entrar para forzar comportamientos distintos a los escogidos libremente por el propio sujeto ético. Cuando el destino de un hombre es gobernado con mano ajena se convierte en una cosa, pues se le pone al servicio de una causa distinta a la ejecución de su propio proyecto de vida, realizándose con él un acto inmoral e indigno. Es así, porque la dignidad humana consiste, precisamente, en el acatamiento de la voluntad individual y en la conformidad que toda acción debe guardar con el respeto de los seres humanos como fines en sí mismos: “La autonomía es, pues, el fundamento de la dignidad de la naturaleza humana y de toda naturaleza racional.” 6 No es correcto decirle a otro lo que debe hacer, aún en el caso en que caritativamente el mandato externo trate de llevarlo, supuestamente, hacia su felicidad. La felicidad legítima es abrazada por gusto propio y no asignada. Nadie puede hacer a otro feliz en contra de su voluntad. Maneras de vivir hay tantas como hombres y no puede negarse que algunas de ellas parecen demasiado extravagantes, pero no por extravagantes son menos dignas. La diversidad y la heterodoxia deben ser respetadas por una sociedad que se precie de dar el trato que es debido a los individuos que la componen. Nadie puede ser castigado por el sólo hecho de ser distinto, por comportarse de manera extraña e inofensiva. El gusto de una o de varias personas no es razón suficiente, aunque sean mayoría absoluta, para descalificar y penar los comportamientos que sólo afectan y competen al individuo. Una forma de vestir, de usar el corte de pelo o un patrón de consumo, pueden ser muy distintos a los comúnmente usuales, pero lo extraño, si es producto de un acto volitivo personal también merece un trato digno y debe ser respetado. La pena privativa de la libertad hace parte de las normas establecidas en el marco jurídico de la sociedad, pero dicho marco debe encargarse de hacer que se castigue a quienes abusan, en el uso de sus relaciones con los demás, de sus libertades y dan un trato indigno a los otros sometiéndolos por la fuerza y obligándolos a proceder como no quieren. Tal es el caso de delitos como el secuestro, en donde alguien es forzado a permanecer en un lugar en contra de su voluntad cosificado como mercancía a la que se pone precio; o del acceso carnal violento, en dónde alguien es obligado a prestar su cuerpo a prácticas que no desea voluntariamente y es tratado como un mero objeto para la satisfacción de apetitos ajenos. No se comprende cómo una versión antigua del código penal, Ley 95 de 1936, establecía en su artículo 323 que “incurrirán en la misma sanción [dos a ocho años de prisión] los que consumen el acceso carnal homosexual, cualquiera que sea su edad.” 7 Ni cómo podía ser que la Ley 30 de 1986 en su artículo 51 penara el consumo de estupefacientes cuando ese acto representa, al igual que las relaciones homosexuales, la concreción de una voluntad libre que reina sobre el destino personal y que con su decisión no daña a sujeto distinto al propio individuo. Felizmente la sociedad ha eliminado, paulatinamente, muchas de las concepciones apresuradas que menoscababan la honra y la dignidad de las minorías. Se pensaba que penar el homosexualismo permitía prevenir la comisión de delitos supuestamente conexos con esta preferencia sexual. Es innegable que el abuso y la corrupción de menores, por ejemplo, son graves delitos que la sociedad debe castigar con rigor. Pero ahora nadie es capaz de afirmar que una inclinación homosexual hace más proclive al individuo a la realización de infracciones como esas ni que de manera preventiva han de ser los homosexuales aislados para evitar que las cometan. Si no es posible suponer una relación directa entre cierta preferencia y determinada acción punible, la sociedad ha de abstenerse de penar las preferencias y limitarse en sus códigos a establecer castigos contra los actos que violenten la libertad individual. El consumo de estupefacientes es sin duda un acto excéntrico, un proceder heterodoxo y desafiante, mas no por eso, la decisión libre, espontánea y autónoma de quien quiera consumirlos debe ser vulnerada en su dignidad. Hay que permitir a cada quien que gobierne su vida llevándola por los caminos que decida transitar libremente, sólo ha de ser permitida la intromisión en la órbita íntima de la persona cuando ésta, de manera explícita, así lo autorice. ¿Penalizar el consumo de psicoactivos en prevención de las futuras conductas delictivas que, bajo los efectos de la sustancia o en busca de los medios monetarios para conseguirla, se efectúen no es acaso como condenar a un homosexual por un crimen que aún no ha cometido y que no necesariamente cometerá? Forzosamente no quien consume estupefacientes terminará delinquiendo. Entonces, ¿por qué tratarlo como delincuente sin haber delinquido? Si infringe la Ley, debe ser juzgado por eso y castigado en proporción directa a la gravedad de la falta, pero si no daña a nadie mas que a sí mismo y si respeta los derechos de los demás, tal como estos le respetan su derecho a proceder a su gusto entonces, ¿so pena de qué encarcelarlo? Se objetará que es adecuado penar el consumo de estupefacientes dado que el consumidor es proclive a cometer delitos. Pero si la conexión entre esos actos delictivos y el consumo no es necesaria y cabe la posibilidad de que algunos o muchos adictos no los realicen, entonces, ¿por qué penar al consumidor de estupefacientes? De llegar el adicto a delinquir, la acción estatal que por ello lo castiga es moralmente válida toda vez que actúa retributivamente tratando como cosa, objeto de escarmiento, a quien usa de los demás como cosas, pero si el individuo en mención sólo atenta contra sí mismo, la Ley, reguladora de la conducta pública y social de los hombres en comunidad, no debe proceder contra él. Una sanción así impuesta irrumpiría en el ámbito de su autonomía para coaccionarlo y convertirlo en el mero instrumento de una persuasión atemorizante y, ni siquiera para dar buen ejemplo, deben ser los hombres usados como objetos. Se dirá, asimismo, que la interpretación de la segunda formulación del imperativo categórico kantiano es errada y que de él no pueden desprenderse consecuencias como las reseñadas anteriormente, pues explícitamente se especifica que las obras correctas no pueden usar como medio a la humanidad en la persona de los otros ni en la del propio actor. Pareciera ser que quien se entrega al vicio hace uso de sí mismo como objeto y destruye la humanidad contenida en él cuando va en pos del placer inmediato, postergando u olvidando los fines últimos hacia los cuáles se encamina su existencia y haciendo uso de su propia persona como medio, como instrumento para acceder al goce sensual que le provee el consumo de psicoactivos. Al respecto hay que aclarar que la consideración de la despenalización del consumo de estupefacientes se hace sobre la base de las sustancias mencionadas en el articulado de la Ley 30 de 1986 (marihuana, cocaína y metacualona) que no producen un daño físico inmediato e irreversible 8. No son sustancias capaces de destruir, de manera automática, las facultades mentales sino de hacer gozar mediante una intensificación de las sensaciones placenteras. Innegablemente, con el abuso, estas pueden erosionarlas produciendo complicaciones severas para la salud, pero no en grado menor a como lo hacen el tabaco, el alcohol, la comida picante, o cualquier actividad que se realice mas allá de toda justa medida. El consumo de café, por ejemplo, puede incidir en el desarrollo de úlceras gástricas, pero eso no debe incitarnos a creer que la lucha contra las enfermedades del aparato digestivo precisa de la prohibición de la cafeína. Basta simplemente, con informar adecuadamente a todo el mundo de los riesgos que implica el consumo indiscriminado de café y permitir que cada quien asuma ese riesgo y controle su propia vida. La autonomía engendra la libertad y ésta última precisa, para no ser fuente de debilitamiento de la unidad social, de la responsabilidad. Una sociedad adulta está constituida por individuos autónomos, capaces de hacer voluntariamente que lo correcto y lo deseado coincidan gracias a la presión de sus propios principios y en ausencia de fuerzas policivas externas de cualquier clase:
Es físicamente imposible que cualquier acción gubernamental encaminada a desterrar de la órbita del comportamiento individual un procedimiento pernicioso para la sociedad se efectúe mediante la coerción y el miedo, pues no hay manera alguna en que un Estado pueda garantizarse presencia permanente y no interrumpida en todos los instantes de la vida de todos sus asociados. Habrá, forzosamente, rincones a los que su ojo penetrante no pueda llegar y en esas instancias se verá forzado a confiar en el buen criterio individual. La conciencia de cada uno de los ciudadanos que la compone debe ser el mejor agente de policía con que una sociedad pudiera contar. La segunda formulación del imperativo categórico kantiano integra al individuo con sus semejantes en lo que denomina humanidad y exige para toda ésta el trato de fin en sí mismo. En consecuencia, irrespeta el trato debido a la humanidad quien se use a sí mismo o a los otros como medios y no como fines, violentando la libertad de acción que capacita al hombre para proceder de acuerdo con los mandatos de su propia voluntad y en independencia de condicionamientos externos de cualquier tipo. El Estado debe procurar el bienestar de sus asociados pero no haciendo uso de ellos como medios de disuasión y escarmiento que permitan introducir el orden por la vía del miedo, sino formándolos como ciudadanos conscientes que actúen como es debido por convicción y no por temor. Sólo así la libertad y el orden podrán coexistir en una sociedad abierta, pluralista y respetuosa de la individualidad y la autonomía. 2. UN ARGUMENTO KANTIANO CONTRA LA LEGALIZACIÓN La propuesta a favor de la legalización se fundamenta en la idea del respeto al derecho que le asiste al individuo para conducir su vida por el camino que voluntariamente escoja. Sin embargo; la teoría ética kantiana y, en particular la segunda formulación del imperativo categórico, no dan margen para que el hombre se autodestruya porque la libertad es independencia no sólo con respecto al mandato ajeno sino también con respecto al apetito propio. No ha de ser usado el hombre como medio ni por otro cualquiera ni por él mismo. En consecuencia, pareciera que esa prohibición podría justificar una acción punitiva del Estado que intentara evitar el empleo de formas autodestructivas de conducta. Probablemente, podría sostenerse que se ha hecho en la sección anterior una “fisiologización” de la humanidad, de esa que dice Kant merece el respeto de todo ser racional. La destrucción de la humanidad del consumidor, adelantada por su propia mano, no está representada por la decadencia y ruina de sus capacidades intelectuales, entendidas estas fisiológicamente, sino porque en el “estar consumiendo” olvida la finalidad a la que se destinaba, originalmente, su existencia. Usar su humanidad como medio y no como fin no significa prestar su cuerpo a intensas sensaciones que terminan por dañar sus tejidos y sus constituyentes físicos, sino desperdiciar un sinnúmero de cualidades y capacidades entregándose a un goce episódico continuado. Así son como los compañeros de Odiseo quienes “fuéronse pronto y juntáronse con los lotófagos, que no tramaron ciertamente la perdición de nuestros amigos, pero les dieron de comer loto , y cuantos probaban este fruto, dulce como la miel, ya no querían llevar noticias ni regresar, antes deseaban permanecer con los lotófagos comiendo loto, sin desear volver a la patria. ” 10 El adicto, refunde la meta y ya no quiere ir a ninguna parte, ya no quiere avanzar ni moverse hacia nada, sólo pretende permanecer quieto, indolente y estático, sumido en el disfrute de la sustancia que le procura la paz. Sin finalidad determinada, las facultades naturales del ser humano se hacen meros instrumentos usables en pos de lo único que, ahora, tiene valor. Es cierto que la dignidad exige respeto por las metas que un ser autónomo pueda escoger. Pero, si la finalidad de su vida no viene dada por él mismo sino por un instinto ciego, entonces está sirviendo con su proceder a otro y entregado a la esclavitud del consumo. Somete todas sus capacidades vitales e intelectuales, así como su esfuerzo e industria, a la consecución de metas impuestas por agentes externos a su propia voluntad:
Degradada su dignidad, sus acciones se corresponden mas con formas animales de conducta que con expresiones de señorío personal, un apetito domina su iniciativa y no hay nada que él haga porque lo ha escogido sino porque le es impuesto, como medio, para satisfacer el ansia de consumo de la que es presa. Si toda acción es respuesta a un estímulo foráneo a su conciencia, producido de manera automática e irreflexiva, la intervención social pareciera representar la única forma posible de salvaguardar la integridad de la dignidad humana. Quien se somete a la esclavitud atenta no sólo contra sí mismo, pues su acción no es indiferente para los demás en la medida en que destruye la humanidad contenida en su persona. La verdadera libertad comporta la conformidad de las acciones humanas con los fines que la voluntad, como instancia de autodominio e independencia, escoja para el individuo. La capacidad legisladora debe ser tal que lo haga capaz de actuar de acuerdo con su deber aun en contra de sus propias inclinaciones. Así, la fuerza de su voluntad debe protegerlo de todo tipo de sometimiento a una finalidad de acción impuesta y no escogida. El instinto, como fuerza involuntaria y como pasión subyugante, también debe estar sometido a las leyes universales de la conciencia ética. No es libre quien hace lo que quiere impulsado por los mandatos estomacales de sus instintos más básicos y no es respetuoso con la humanidad, quien en nada perjudica a los demás pero se trata a sí mismo como instrumento de su propia destrucción. La libertad y el respeto, obligan a la independencia de los instintos y a un trato digno de la humanidad aún en la persona del propio sujeto ético: “No debía ser dirigido por el instinto ni tampoco cuidado e instruido por conocimientos venidos de fuera, sino que tendría que obtenerlo todo de sí mismo.” 12 El tratamiento respetuoso a la humanidad contenida en el propio yo parece exigir la renuncia a todo comportamiento que distraiga las capacidades intelectuales y físicas poniéndolas al servicio del goce sostenido de los instintos consumistas y no al servicio del perfeccionamiento del individuo y al aprovechamiento de sus facultades. El Estado, como institución que regula el comportamiento de los hombres en sociedad y salvaguarda del bienestar de sus asociados, parece encontrar en la exigencia de no usarse a sí mismo como medio sino siempre como fin una justificación a su intervención en la intimidad del sujeto ético. 3. EL ESTADO PATERNALISTA COMO VERDUGO BENÉVOLO No obstante, nadie puede pretender conocer la finalidad última a la que se dirigía la vida de alguien antes de ocuparse, por completo, en el consumo de estupefacientes. Es obvio que el lotófago se baja del barco y se queda en una tierra distinta a la suya propia, olvidándose de sus verdaderos y primeros intereses . Pero, ¿cuáles son los verdaderos y primeros intereses de un hombre cualquiera? ¿Al dedicarse al consumo de “loto” se baja, realmente, de algún barco?¿Es que en verdad iba para alguna “otra” parte? Dicen los detractores que el consumidor se traiciona y se usa a sí mismo cuando se aleja de su camino, cuando deja de ser un productivo y provechoso persecutor de finalidades. Pero, ¿cuáles son los deseos idóneos para ser finalidades? ¿Quién puede dar fe de que en verdad él “estaba destinado a mas altos fines” y que, interrumpida su marcha por los psicoactivos, ”se echó a perder”? Interrogantes de tal calado sólo están a disposición del sujeto ético en tanto individualidad y cualquier intento no autorizado de intervención podría estar cimentado en una extrapolación temeraria de un criterio personal de vida. Cotidianamente el hombre equipara, al hablar, lo malo con lo que no le gusta y cree que su gusto en materia ética o estética es apto para constituirse en criterio. Suelen decirse, desprevenidamente, cosas como: “ esa película es mala, a mí no me gustó ,” o lo que tal vez es peor, “ esa acción es inmoral porque yo jamás la cometería ”. Si es inmoral toda acción que para realizarse precise de la utilización de los seres humanos como medios y que desconozca los anhelos individuales y los postergue para servirse de sus poseedores como instrumentos en pos de una finalidad distinta a la concreción de los proyectos personales de vida, entonces tratar a la persona como un factor de producción y ocuparse de ella, buscando evitar el deterioro de su capacidad productiva, es pensar en el individuo en función de la sociedad y no en una sociedad constituida para garantizar los derechos individuales, es permitir la cosificación de la persona a manos del Estado. Por ese camino; al igual que por el de la adicción, los hombres dejarán de ser sus expectativas, deseos, intereses y gustos, para convertirse en engranajes del sistema de producción, dejarán de gobernarse por propia mano para pasar a ser gobernados por las manos todopoderosas de un Estado paternalista y, falazmente, omnisciente. Como la acción emprendida por Odiseo, quien admite que: “Los llevé por la fuerza a las cóncavas naves y, aunque lloraban, los arrastré e hice atar debajo de los bancos. Y mandé que los restantes fieles compañeros entrasen luego en la veloces embarcaciones, no fuera que alguno comiese loto y no pensara en la vuelta” 13 Las acciones paternalistas del Estado ocultan, tras los ropajes del asistencialismo y la compasión, el interés propio que es el verdadero motivo para cuidar de sus subalternos. El comandante se ocupa de su tripulación porque sólo ellos podrán llevarlo a buen puerto y el Estado atiende a sus asociados porque sólo ellos podrán concretar su ideal de nación. En todo régimen totalitario los individuos, al ser reclutados como “idiotas útiles”, son convencidos de que el suelo que dará los frutos que alimentarán a sus hijos debe ser abonado con su entrega y sacrificio. Indudablemente, la sociedad requiere de cuotas individuales de participación para poder lograr la estabilidad y la provisión de servicios fundamentales, pero tales cuotas deben recibirse a través de contribuciones voluntarias, emanadas del convencimiento personal y no de la coacción y la imposición. Tan “esclavizador” es que el Estado se sirva del ciudadano como herramienta para lograr la concreción de metas sociales impuestas como que el ciudadano se olvide de toda responsabilidad con su medio social y se entregue a la destrucción de su humanidad apartándose de toda actividad socialmente productiva. Si se quiere una sociedad compuesta por individuos libres, pero que además funcione adecuadamente, el Estado no debe obligar a nadie a hacer nada que no quiera, sino esperar que lo que cada quien decida hacer coincida con lo que a él, como institución, le conviene. La Ley ha de ser aceptada libremente y sin coacción alguna y, para que el comportamiento que conviene al mas sano desenvolvimiento y reproducción de la sociedad no sea producto del terror y la violencia, cada ciudadano debe desear comportarse como es debido. Su deseo ha de coincidir con el mandato legal: “El arte y la ciencia nos han hecho cultos en alto grado. Somos civilizados hasta el exceso, en toda clase de maneras y decoros sociales. Pero para que nos podamos considerar como moralizados falta mucho todavía (...) En tanto que los Estados sigan gastando todas sus energías en sus vanas y violentas ansias expansivas, constriñendo sin cesar el lento esfuerzo de la formación interior de la manera de pensar de sus ciudadanos, privándoles de todo apoyo en este sentido, nada hay que esperar en lo moral; porque es necesaria una larga preparación interior de cada comunidad para la educación de sus ciudadanos ; pero todo lo bueno que no está empapado de un sentir moralmente bueno no es mas que pura hojarasca y lentejuela miserable.” 14 Toda coerción exterior del comportamiento y de la manera de pensar es inmoral y debe ser combatida, y el influjo violento y bestial que las sustancias estupefacientes ejercen sobre el individuo y el atrofiamiento de su voluntad e independencia no han de ser la excepción. Pero si no se quiere reemplazar esa esclavitud por el sometimiento servil y temeroso a la Ley, y si se quiere respetar la individualidad y la autonomía personal, es preciso que el Estado se dé a la tarea de formar ciudadanos responsablemente libres que sean capaces de cumplir con los mandatos por iniciativa propia, por respeto y no por coacción. De lograrlo, la libertad y el orden coexistirán en el seno de la sociedad, pues cada quien haría sólo lo que su propia conciencia le ordenara pero esta sólo le ordenaría lo correcto. Pero, dando por descontado que siempre existirán cobardes incapaces de manejar por sí mismos las riendas de su vida y admitiendo que esa fracción de la población requerirá de un adulto responsable que los acompañe y decida por ellos; cabe hacer la pregunta de si se prefiere, como tutor, al vicio o al Estado. Aunque parezca obvia la respuesta no debe olvidarse que el vicio sería tutor “particular” mientras que el Estado lo sería “colectivo”. En otras palabras, los mandatos del vicio se materializan en órdenes individuales, mientras que, forzosamente, los estatales cobijan por igual a todos los conciudadanos. En un sistema que permite la segregación de algunos grupos y que justifica esos actos en nombre de un futuro próspero y seguro, no le es dado al individuo hacer lo que convenga a la realización de su plan personal de vida sino lo necesario para que el Estado pueda asegurar, mediante la discriminación y la violencia, la consecución de metas sociales. En este estado del mundo, persiste un clima generalizado de ansiedad y tensión, pues mientras unos se convierten en víctimas de la persecución otros la ejecutan. Así la comunidad queda escindida en buenos y malos y los miembros de ambos grupos se olvidan, por completo, del cuidado de sus propios asuntos para dedicarse a la vigilancia activa de las vidas ajenas. Los persecutores lo hacen para liberar a la sociedad de quienes, según ellos, la perjudican y dañan y, los perseguidos, para evitar que los primeros los hagan desaparecer. La lucha frontal contra la adicción, que se emprende desde la tribuna de la represión y el miedo, convierte a toda la sociedad en adicta de la política antidrogas. Por el contrario en una sociedad libertaria, si bien es cierto que el consumo de estupefacientes continuaría siendo un problema directo para los adictos e indirecto para los demás, estos últimos escaparían a las agresiones del Estado. Comparativamente hablando; es mejor despenalizar el consumo que favorecer un escenario de persecución auspiciado por un gobierno que, amparado en la figura del “censor moral de la comunidad”, se extralimite en el uso de sus atribuciones constitucionales. Pues en su vigencia hasta el no adicto, si es infectado por la sospecha, podría llegar a ser blanco de una inmerecida penalización y, en mi opinión, “entre dos males, el menor es mejor.”
Notas: 1 Kant, Immanuel. Fundamentación Metafísica de las Costumbres. Pág. 25. 4 Guariglia, Osvaldo. Kantismo en: Concepciones de la Ética. Pág.54. 5 Kant, Immanuel. Op. Cit. Pág. 48. 7 Ortega Torres, José. Código Penal y Código de Procedimiento Penal 8 De acuerdo con la clasificación elaborada por el Programa Presidencial para Afrontar el Consumo de Drogas “Rumbos“ se considera psicoactiva toda sustancia que debido a sus componentes químicos, naturales o artificiales, afecta el funcionamiento normal del sistema nervioso central SNC. Se dividen en cuatro tipos: los estimulantes del SNC, los depresores del SNC, los alucinógenos y las sustancias mixtas. El documento en cuestión, “ Pilas con las Drogas ”, es bastante claro al especificar que los narcóticos (opio, heroína, morfina), pertenecientes al grupo de los depresores del SNC, producen dependencia física y daño fisiológico inmediato, severo e irreversible, mientras que las sustancias mixtas (marihuana, éxtasis) y los alucinógenos no producen daño severo irreversible ni de forma inmediata y tienen un poder adictivo bajo. La cocaína, perteneciente al grupo de los estimulantes, no produce dependencia física ni daño fisiológico severo e inmediato, aunque si es altamente adictiva. La metacualona, conocida comercialmente como Mandrax, es un fármaco legal con usos médicos que empleado sin la supervisión de un especialista puede convertirse en “droga”, no produce dependencia física ni daño fisiológico severo e inmediato. 10 Homero, Odisea. IX 92-97. Cursiva mía. 11 Kant, Immanuel. Idea de una Historia Universal en Sentido Cosmopolita. En: Filosofía de la Historia. F.C.E. México D.F. Pág. 44. 13 Homero, Op. Cit. Cursiva mía. 14 Kant, Immanuel. Idea de una Historia Universal en Sentido Cosmopolita. En: Filosofía de la Historia. F.C.E. México D.F. Pág. 56-57. Cursiva mía. |
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