logo
Inicio arrow Revista arrow Número 4 arrow Historia y Construcción de Futuro
Historia y Construcción de Futuro PDF Imprimir E-mail
Valoración de usuario: / 16
PeorMejor 
Escrito por Mauricio Nieto   
 
Se nos ha invitado a hacer una reflexión sobre los desafíos de los historiadores y los departamentos de historia del país en los albores del siglo XXI. Una respuesta adecuada, juiciosa y académica sobre los retos de la disciplina tendría la obligación de hacer un recorrido por la historia de la historia, tendría que examinar la literatura sobre teorías de la historia, corrientes historiográficas y filosofía de la historia. Seguramente debería hacer un balance historiográfico, señalar los logros y vacíos de la historia de Colombia y así poder hacer algunas recomendaciones sobre su futuro. Pero el propósito de este texto no es determinar cuáles deben ser los rumbos temáticos o metodológicos de la historia de Colombia. Quisiera poder aceptar la invitación de manera más bien personal e intentar compartir con ustedes algunas reflexiones sobre el sentido de estudiar, enseñar y escribir sobre el pasado.
 
Es bien conocido por todos que la pregunta sobre el sentido de la historia ha generado una amplia literatura la cual no pretendo cubrir, y debo ser muy claro en que la mayoría de las ideas que voy a defender no son propias, en su mayoría han sido desarrolladas con mayor cuidado y profundidad por reconocidos historiadores. Pero la tarea de exponer sus ideas puede terminar en una muestra de erudición y en una tediosa y larga enumeración de referencias, que termina por ocultar los intereses del autor.

No hay en este texto pretensión alguna de hacer aportes teóricos, más bien se trata de compartir con colegas y futuros historiadores el sentido y el gusto que encuentro en el oficio de la historia. De vez en cuando es bueno enfrentar las preguntas sin tantas armaduras, sin tantos preservativos académicos. Esa casa de citas en que vivimos los académicos, nos obliga a tomar tantas medidas de higiene y anticoncepción y nos hace tan inseguros que corremos el riesgo de volvernos estériles y acabar con el amor con que se deben hacer las cosas.
 
Quisiera dar una visión positiva y optimista del estado actual de la disciplina o mejor de las disciplinas que nos ayudan a comprender el pasado, señalar algunos riesgos que deben evitarse, pero sobre todo insistir sobre la enorme variedad de posibilidades que hoy nos ofrecen las ciencias sociales. Son muchas las razones para alegrarnos de que el siglo XX se haya terminado, pero es innegable que nos ha dejado una herencia sugestiva y que tenemos la fortuna de estar viviendo un momento lleno de posibles rutas que vale la pena recorrer antes de que desaparezcan y terminemos todos rendidos y confinados a una única e inevitable posibilidad.
 
Para eso necesitamos muchas tesis de grado, muchos más maestros, mejores departamentos de historia, más publicaciones y una comunidad con mejores comunicaciones entre colegas, departamentos y facultades, a nivel nacional y latinoamericano. El trabajo académico a veces parece un diálogo de sordos y a pesar de la ya trillada retórica de la interdisciplinariedad, los campos del conocimiento siguen atrincherados defendiendo sus territorios contra cualquier bárbaro e intrometido con preguntas en otros lenguajes y desde otros lugares.
 
El historiador y el pasado
 
La pregunta sobre el sentido de la historia es inseparable de la pregunta sobre cómo se conoce el pasado, si es o no posible, si podemos hablar de verdades históricas, de hechos, de una ciencia histórica, o en otras palabras dónde estamos parados, cuales son nuestros instrumentos de navegación en el pasado.
 
Importantes pensadores del siglo XIX, (hoy señalados con desprecio con la peyorativa marca de positivistas) preocupados por los peligros de una historia politizada, buscaron defender una historia neutra y fiel a los hechos. Entre ellos sobresale Leopold von Ranke, y su suficientemente criticada visión de la historia cómo la narración de lo que realmente ocurrió. “Wie es eigentlig gewesen”. Esta visión de la historia que hoy nos parece demasiado simple e ingenua, supone que los hechos son datos empíricos puros, desnudos y distintos de la teoría y de las conclusiones. Le idea de hecho -fact- se entiende entonces como algo cuya existencia es totalmente independiente de quien los descubre, como lo opuesto a los artefactos, fabricados por el hombre.
 
La historia, se quiso pensar como una actividad externa a la política, a la ideología o intereses locales o individuales, lo cual sin lugar a duda le daría al discurso histórico inmunidad moral, total autoridad y por ende un enorme poder. Para examinar el problema empecemos por lo obvio: aún no ha llegado la tecnología que nos permita viajar por el tiempo, estamos obligados a preguntarnos sobre el pasado desde el presente, desde un tiempo y espacio definidos.
 
Durante la segunda mitad del siglo XX numerosos autores, filósofos, sociólogos, antropólogos o historiadores de la ciencia nos han mostrado que no es posible separar las teorías de las observaciones, que toda observación requiere de un lenguaje que le de sentido, de códigos y de marcos de referencia comunes y colectivos, y que es precisamente a través de practicas colectivas que el mundo adquiere sentido. El conocimiento no es el resultado de mentes aisladas, de ermitaños geniales, sino de prácticas de representación y procesos de comunicación entre comunidades que comparten ciertas reglas de juego.
 
Varios historiadores y teóricos de las ciencias sociales se han ocupado del problema del conocimiento del pasado con argumentos similares. En parte como una reacción contra las pretensiones del materialismo histórico y sus implicaciones políticas ya se habían presentado a mediados del siglo XX varios ataques a la idea de una ciencia de la historia.
 
Benedetto Croce en su obra Teoría e historia de la historiografía (1955), R. G. Collingwood (1946) en su Idea de la Historia, o Karl Popper y su Miseria del historicismo (1935) fueron algunos de los autores más influyentes en mostrar la dificultades de un conocimiento científico, objetivo y neutro del pasado. Croce o Collinwood ya habían insistido en la idea de que sólo podemos ver el pasado con la óptica de las preocupaciones del presente y por lo tanto que toda historia es, de alguna manera, historia contemporánea.
 
Por su parte, Edward H. Carr (1961) ha señalado con suficiente claridad las dificultades de hablar de la historia como una simple recopilación de hechos o acontecimientos. No sólo resulta problemático definir qué es un hecho, sino que la historia implica necesariamente una selección de aquellos eventos que son más significactivos, pues los hechos que constituyen la historia son infinitos y su total reconstrucción sería una tarea interminable y absurda.
 
Como los cartógrafos de quienes nos habla Borges en Del rigor de la ciencia que terminan haciendo mapas tan realistas que son del tamaño del imperio y por lo tanto totalmente inútiles, el historiador no puede pretender la total reconstrucción de los hechos del pasado. El historiador tiene que ser selectivo. Los hechos tienen sentido sólo cuando se ha creado consenso sobre su relevancia, cuando el historiador convence a sus colegas y a su público no sólo de su veracidad sino de su significado. Para Carr, (1961) elogiar un historiador por la precisión de sus datos es como felicitar a un arquitecto por utilizar en su edificio una estructura resistente. Se trata de una condición necesaria pero no suficiente. La comparación con el arquitecto parece acertada, le da al historiador un papel activo, más creativo que el de simple recolector de datos. Sin ladrillos, hechos y sus referentes documentales la historia es un ejercicio vacío e inocuo, y sin marcos teóricos de análisis es ciega e igualmente infructuosa.
 
Es importante ser conscientes de que el referente del conocimiento, la realidad, el pasado en este caso, se construye y se descubre de manera simultanea a través de prácticas de clasificación, codificación, movilización, y traducción de información, en otras palabras a través de la comunicación. La historia, como cualquier otra ciencia, para poder explicar el mundo tiene que traducirlo, reducirlo a fragmentos, y ordenarlo en formas más o menos abstractas que permita acumular tiempo y espacio en signos, textos, mapas, gráficas, estadísticas.(Latour, 1990)
 
El reconocimiento de la contingencia del saber histórico presenta nuevos desafíos y riesgos no menos preocupantes que los excesos del positivismo. Podríamos entonces caer en una lectura puramente subjetiva y pragmática de los hechos en la cual estos podrían ser manipulados, en dónde cualquier versión de la historia es tan valida como otra. Este relativismo, podrían argumentar algunos, no sólo carece de sentido sino que es peligroso en la medida en que podría alimentar un escepticismo que no solo inhibe algunas posibilidades de la historia sino todas.
 
Por el momento empecemos por reconocer que más importante y más útil que la fascinación o el horror ante el relativismo es el hecho de que estamos obligados a tener una lectura reflexiva, debemos conocer la historia de la historia, sus métodos, quienes la han escrito, al servicio de qué intereses. Aun más el escribir historia demanda una reflexión sobre nosotros mismos, sobre nuestra posición, no solamente teórica sino geográfica, histórica y por qué no decirlo, política.
 
Está claro que el historiador no está limitado a recolectar hechos, pero también es obvio que no podríamos pensar en un conocimiento histórico sin referentes empíricos y de alguna manera verificables. El mundo, la sociedad o nuestro pasado no se pueden reducir a meros imaginarios o fabricaciones sociales, fantasía o ficción, y tan necesario es el marco de referencia, la teoría, como el cuidadoso examen y la búsqueda de fuentes accesibles, que se puedan cotejar.
 
La historia es un producto que les pertenece tanto a los historiadores, como a los acontecimientos, tanto al presente como al pasado. Y su reconstrucción no es un oficio pasivo, requiere imaginación y creatividad. No creo que haya nada vergonzoso en este reconocimiento. Si por un momento aceptáramos la frecuente distinción entre ciencias “duras” y ciencias “blandas” podríamos reconocer que la historia es la más “blanda” de las ciencias, pero tal vez porque su objeto de estudio es el más “duro” de todos.
 
No es mi intención resolver aquí el problema del conocimiento, pero el debate epistemológico deja lecciones importantes que trataremos de ilustrar más adelante.
 
Historia como política
 
Si bien en algunas ocasiones los historiadores han buscado reconstrucciones neutras del pasado y recuentos objetivos de los acontecimientos, la historia en todas sus formas y desde sus más remotas expresiones, siempre ha sido un poderoso instrumento político y ha cumplido una función social como mecanismo de legitimación o de cambio. De cualquier manera, la reconstrucción del pasado, la narración del origen y de un orden social, de una monarquía, de un movimiento político, de un grupo revolucionario, o inclusive la narración del origen de la humanidad, son formas de justificación que presentan como natural o inevitables ciertos sistemas políticos, ordenes económicos, o resultados científicos o tecnológicos. Aunque tal vez de forma menos frecuente, pero igualmente útil políticamente, la historia ha sido y puede ser una herramienta de cambio que nos permite cuestionar la legitimidad del presente y mostrar la necesidad de un futuro diferente.
 
Para ilustrar esta idea podríamos hacer referencia a innumerables ejemplos, y cualquier capítulo de la historia de la historia se convierte en una reafirmación de su sentido político. Algunos de los grandes temas de la historiografía occidental podrían ser poderosas ilustraciones: Toneladas de tinta y papel se han invertido en reconstruir el nacimiento de la ciencia moderna, la cual ha sido con frecuencia presentada como nuestro más preciado logro cultural. La Ilustración europea, los autores de la Enciclopedia francesa, nos cuentan el milagroso y dramático triunfo de la razón sobre el dogma. Como toda reconstrucción histórica de grandes revoluciones, necesitó sus héroes y sus mártires: algunas mentes geniales que hicieron posible el triunfo de una nueva cosmología y una nueva física, un nuevo método, que le permite a los hombres modernos liberarse del yugo de la religión. Esta narración que le da unas poderosas raíces al proyecto científico y político de la ilustración, fue posible gracias a una sistemática selección de individuos, hechos, fragmentos de textos, interpretación de ideas, y desde luego la omisión de toda la tradición filosófica de varios siglos que se pierde bajo el supuesto “oscurantismo medieval” y en ignorar otras muchas prácticas sociales o tradiciones intelectuales de clara influencia en los siglos XVI y XVII. El papel de la religión, la magia, la estética, el platonismo, o la política han sido ignorados o menospreciados por no coincidir con la idea de modernidad que se quiso construir.
 
Josep Fontana en su libro Historia: análisis del pasado y proyecto social nos describe algunos episodios importantes de la historiografía moderna que ilustran con claridad el papel político del estudio del pasado. En la Ilustración europea, en este caso con historiadores y filósofos escoceses, se inicia la construcción de una sofisticada y compleja legitimación histórica de la lógica del capitalismo, la cual debería ser convincente inclusive para quienes no eran sus directos beneficiarios. Se trata de una visión del orden mundial que debería ser aceptada universalmente, incluso por los menos favorecidos a quienes se les presenta, a cambio de su conformidad con el presente, un futuro mejor y la imposibilidad de pensar en un futuro distinto. Una parte fundamental de esta visión de este orden económico y social es precisamente su concepción histórica, una concepción que presentaría el curso de la evolución del hombre como un ascenso hasta el capitalismo que se proyecta hacia el futuro.
 
En ciertas expresiones del marxismo podríamos encontrar de nuevo una reflexión sobre el pasado con claros objetivos políticos. La obra de Marx nos ha mostrado que las promesas de la teoría económica del capitalismo no se han cumplido y quiso no sólo explicar las razones de la crisis sino también mostrar el camino para transformar la sociedad. Y si lo fundamental era cambiar el mundo se hace necesario renovar el pasado y que la investigación histórica se pusiera al servicio de un programa de acción y de cambio. Aparecen nuevos actores y nuevos héroes, en lugar de industrialización se habla de lucha de clases y los protagonistas de la historia dejan de ser los grandes industriales y pasan a ser los trabajadores. En este orden de ideas el capitalismo, más que el fin de la historia, es una etapa más en la historia de la explotación humana, etapa que debe ser superada.
 
Los grandes debates políticos, las guerras, las guerrillas, las revoluciones incluyen querellas históricas. La propiedad y el derecho sobre territorios, la hegemonía cultural, política, científica o religiosa descansan sobre justificaciones que se remiten al pasado.
 
El conflicto o los conflictos del Medio Oriente, las luchas entre judíos, musulmanes y cristianos, la creación del estado de Israel en Palestina, ha sido justificada o cuestionada a partir de distintas visiones del pasado. De hecho la idea de “derecho histórico” es un concepto inventado por el sionismo. Entendido este como un derecho que no tiene ningún fundamento legal pero un enorme poder al remitir su legitimidad a interpretaciones históricas o episodios bíblicos que se presentan como carta de propiedad judía sobre Jerusalén.(Toynbee,1971)
 
Un ejemplo mucho más cercano podría ser el conflicto armado colombiano. Las palabras de Manuel Marulanda Velez, leídas en San Vicente del Caguán el 7 de enero de 1999, no son otra cosa que una justificación histórica de la existencia de Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC. Una vez nos ha narrado los principales eventos que obligan y explican la existencia de la lucha armada en Colombia, escribe Marulanda: “A pesar de la gravedad de todos estos hechos, la clase política, valiéndose de la manipulación de los medios de comunicación, ha querido, sembrar de manera artificial amnesia parcial en la mente de los colombianos, para que olviden estos hechos, los que permanecerán latentes en la memoria de nuestro pueblo”
 
Destrucción de la ciencia histórica y la reconstrucción del pasado
 
Como habíamos sugerido más arriba, la segunda mitad del siglo XX llegó con un ejército de académicos decepcionados y desconfiados de las promesas de la Ilustración que mostraron las dificultades de una ciencia pura. La idea del método científico, la justificación de una forma de conocimiento única, los esfuerzos de la filosofía y de la epistemología por definir los límites de la ciencia moderna son reemplazados por explicaciones históricas que muestran la indisoluble relación entre conocimiento, autoridad y poder.
 
Esta marcada tendencia de las ciencias sociales a distanciarse de los ideales de la modernidad ilustrada conduce a una situación generalizada e irreversible. De una vez y para siempre perdimos la ingenuidad y la seguridad de una única forma de conocimiento posible. De manera que el asunto no es tan sencillo como un problema de gustos o de modas, en el que unos somos modernos y otros posmodernos.
 
Estos autores inconformes con los ideales de la modernidad pueden ser vistos, y con cierta razón, como una amenaza a la hegemonía cultural de Europa, pero antes de desenfundar las espadas contra todo lo que suena posmoderno, debemos aceptar la imperiosa necesidad de reconocer la diversidad y a la diferencia en un sentido positivo.
 
Los esfuerzos académicos por explicar el conocimiento como un producto social no pueden ser equiparados - como ha sido frecuente entre sus críticos- con posiciones relativistas en donde cualquier forma de conocimiento es igual a otra, donde todo vale. La explicación social del conocimiento, por el contrario, lo que busca es hacer visibles y reales las diferencias entre las distintas formas de conocimiento y sus efectos sobre la sociedad.
 
La posmodernidad, podríamos argumentar, que en un sentido general, es portadora de un mensaje de liberación en la medida en que combate la idea de un único futuro posible y quiere hacernos ver que no hay cursos históricos obligados. El presente ya no reposa solidamente sobre profundas intenciones y necesidades inmutables. Aparece un nuevo sentido histórico que confirma nuestra existencia entre innumerables eventos perdidos sin un punto de referencia, sin señales o marcas definidas, sin un faro, o carta de navegación que nos señale el camino. ( Jenkins, 1997.)
 
Nuestro presente empieza a perder sus raíces, pensadores de enorme influencia encuentran en el estudio del pasado una herramienta desestabilizadora de la autoridad del presente y en lugar buscar las sólidas raíces de nuestra cultura describen rupturas, discontinuidades y una multitud de posibles rutas por recorrer. (Foucault, 1997)
 
Por otra parte, las propuestas de los autores que generalmente son “acusados” de posmodernos quieren mostrar como las fronteras entre las disciplinas se hacen difusas y la historia ahora necesita de nuevas herramientas y nuevas preguntas que podemos encontrar en otras disciplinas de las ciencias sociales. La sociología, la antropología, la filosofía, la economía y la crítica literaria, son entre otras, aliadas ahora inseparables del oficio del historiador. En historia aparecen nuevas voces, nuevos actores y se manifiesta un fuerte reclamo a la arrogancia de occidente. Estudios sobre genero, los estudios sociales sobre ciencia y tecnología, los estudios postcoloniales, son entre otros, espacios de revisión y de renovación científica, cultural, y política.
 
¿Por qué el temor a reconocer como legítimas otras formas de conocer y actuar sobre el mundo? ¿Cuál es el problema con cortar las raíces del pasado? La respuesta es simple, lo que está en juego es la autoridad y el poder. Es el temor a lo que algunos autores han llamado “el imperio de las masas”, si no tenemos la autoridad total de la razón, quedamos desamparados frente a la irracionalidad, la fuerza, la incontrolable voluntad de las masas.
 
El historiador y su público
 
El trabajo es arduo, y como hemos visto, no se puede limitar a la recopilación de hechos, tampoco a la especulación teórica o la adopción de fórmulas o modas académicas importadas. La inseparabilidad de los hechos y las teorías, nos pone un doble reto, el historiador debe establecer un diálogo tanto entre la teoría y los hechos como entre el pasado y el presente.

Pero el oficio del historiador no termina ahí, la historia no está confinada a los archivos, ni a los círculos académicos. No existe conocimiento sin comunicación. La producción del conocimiento no es un problema que podamos separar de los mecanismos para su divulgación y por lo tanto la apropiación pública del pasado no puede ser entendida como un suplemento o actividad posterior y diferenciable de la producción misma de conocimiento.
 
Es necesario abandonar la idea de que el conocimiento existe de manera independiente de la sociedad en que circula. La sociología de la ciencia ha sabido mostrar como los contextos de descubrimiento o producción de conocimiento y los de legitimación o comunicación del mismo son inseparables.(Brannigan, 1981) De hecho, es en la interacción social de múltiples actores en la cual el conocimiento adquiere sentido. La historia, al igual que el lenguaje, solo es posible como una práctica colectiva. La historia, para que tenga sentido, debe ser parte de la cultura y de la sociedad en un sentido más amplio del que generalmente reconoce el trabajo de los académicos. Es responsabilidad del historiador dotar a la sociedad en general de elementos que le permitan tener acceso a su pasado, a sus posibles pasados, sobre los cuales pueda explicar el presente y edificar su futuro.
 
Tenemos una comunidad académica débil y fragmentada que debe fortalecerse saliendo de los círculos académicos, trabajar más con medios de comunicación, trabajar en museos, dirigirnos a públicos amplios, divulgar, y hacer de la historia parte de la cultura en un sentido más fuerte.

Los historiadores tienen la tarea de trabajar sobre la memoria de la sociedad y debe encontrar canales de comunicación más allá de las aulas de clase y las publicaciones especializadas. Las relaciones del historiador y el público son mucho más interesantes que las relaciones entre historiadores. Los museos, los textos escolares, los medios de comunicación son medios de una enorme importancia para que el oficio del historiador tenga sentido, pero ese es otro tema que se sale de los propósitos de esta presentación.
 
La historia no puede prever o predecir el futuro. No tenemos el poder de la adivinación de los astrólogos, carecemos de la capacidad de predicción de pscicohistoria imaginada por Isaac Asimov en su novelas de ciencia ficción. La sociedad y la cultura se resisten a ser expresados en ecuaciones o fórmulas como las leyes de la física que podrían decirnos en que lugar estará Marte dentro de 20 años. La única forma real de prospectiva en ciencias sociales es aquella que construye el futuro. Por esto es vital renovar nuestra comprensión del pasado, porque es necesario para descubrir los supuestos en que se legitima el presente, es necesario recomponer una visión crítica del presente que explique las razones de la pobreza, de la violencia, del desempleo, del racismo, o de la prosperidad y la riqueza. Esta tarea no será posible si el historiador no participa. Así la historia debe dejar de ser cultura de eruditos para recuperar su legítima función de herramienta para la construcción de futuro. (Fontana, 1982)
 
La memoria, Némesis, esa madre de todas las musas de la que nos hablan los griegos es una condición esencial para sentar las bases del futuro. La más seria y dolorosa consecuencia de la perdida de la memoria es la imposibilidad de proyectarse al futuro, la perdida de la memoria es idéntica a la perdida de ilusiones y sueños. Esto no lo aprendí de la mitología griega, y menos de los autores contemporáneos. Es en conversaciones con mi madre que he sido testigo de este hecho. Desde hace años ha venido perdiendo la memoria, se le ha diagnosticado la enfermedad de Alzheimer. Lo trágico de la enfermedad no son los inconvenientes prácticos de perder la conciencia del pasado y vivir repitiendo lo mismo, perdiendo la orientación en lugares familiares o el desconocimiento de los seres queridos, sino en la perdida de cualquier ilusión, la incapacidad de planear el futuro. La perdida de la memoria es una trágica condición, porque de manera simultanea, mientras desaparece el pasado se desvanece el futuro.

La falta de crítica y renovación en nuestro análisis del pasado empobrece nuestra capacidad de pensar futuros distintos. Si somos el resultado de los acontecimientos del pasado, si somos el producto de nuestra historia, entonces, en un sentido muy real, a través de la práctica de la historia estamos construyendo no solamente nuestro pasado sino lo que somos y lo que podemos ser. El pasado es, en cierto sentido, un espejo que nos permite examinarnos y proyectarnos hacia el futuro. La historia es un ejercicio de auto conocimiento. Quien se conoce a sí mismo se transforma y por lo tanto la historia es un ejercicio de auto-construcción. El fin de la historia es la negación del futuro.
 
Consideraciones finales
 
Como un intento por ordenar las ideas de esta presentación podríamos intentar resumir algunos puntos importantes: El historiador, si bien se ocupa del pasado, no puede escapar de su tiempo y por lo tanto, la historia es, de una u otra manera, un ejercicio de reflexión sobre el presente. El pasado no es inmutable y no existen temas históricos agotados, la historia siempre se está re-escribiendo, y el oficio del historiador es la permanente revisión y renovación en el análisis del pasado. Su estudio y su enseñanza debe ser un proceso reflexivo, que si bien debe tener como punto de partida información confiable, verificable, y comparable, no puede abandonar la permanente revisión de sus marcos interpretativos.
 
Los grandes debates ideológicos y científicos, los conflictos sociales y políticos, no solamente tienen una explicación histórica sino que en su resolución siempre se hacen necesarias interpretaciones del pasado que presentan como natural o como ilegitimo un sistema social, una teoría científica, una innovación tecnológica, un movimiento guerrillero o una revolución política. En este orden de ideas, la historia puede ser una poderosa herramienta política, un poderoso mecanismo de legitimación o de cambio, y la investigación sobre el pasado y su reconstrucción es una tarea esencial en la construcción de futuro.
 
El conocimiento histórico, como cualquier otra forma de conocimiento, no es la suma de descubrimientos individuales y privados y se construye colectivamente en complejas prácticas de comunicación que deben ser más amplias y robustas.
 
Y finalmente, la mal o bien llamada destrucción de la “ciencia histórica”, la crisis de las disciplinas modernas o la condición de “posmodernidad” que ha marcado las ciencias sociales de las ultimas décadas, si bien tiene sus riesgos, es una condición de enorme fertilidad, que más que cerrar puertas abre caminos que no podemos dejar de recorrer.
 
Bibliografía
 
Brannigan, Augustine.
(1981) The social basis of scientific discoveries. Cambridge University Press.
 
Carr, Edward H.
(1961) Qué es la historia. Editorial Ariel, Barcelona.
 
Collingwood, R.G.
(1946) The Idea of History, Oxford University Press.
 
Croce, Benedetto
(1955) Teoría e historia de la historiografía, Escuela, Buenos Aires.
 
Fontana, Joseph.
(1982) Historia: análisis del pasado y proyecto social. Crítica, Barcelona.
 
Foucault, Michel.
(1997) Nietzsche, genealogy, history. En: Jenkins, Keith.(Ed) The postmodern history reader. Routtledge, Londres. P.125.
 
Jenkins, Keith.(Ed)
(1997) The postmodern history reader. Routtledge, Londres.
 
Nieto, Mauricio.
(1995) Poder y conocimiento: nuevas tendencias en historiografía de la ciencia, En: Historia Crítica, N.10 pp.3-13.
 
Latour, Bruno.
(1990) Drawing things together, en: Lynch y Woolgar, S. (Ed.) Representation in scientific practice, Cambridge, Mass, MIT Press.
 
Toynbee, Arnold.
(1971) An Historical Outline to the present, en: Michael Adams, The Middle East. A handbook, New York.
 
Son muchos los autores y escuelas influyentes en los debates epistemológicos contemporáneos y no es este el lugar para comentar sobre ellos. En una publicación anterior he intentado presentar un panorama general de los estudios sociales sobre ciencia de finales del siglo XX, ver Nieto, M. Conocimiento y poder: nuevas tendencias en historiografía de la ciencia. En: Historia Crítica N. 10 pp. 3-13, 1995.  http://historiacritica.uniandes.edu.co
 
Sobre este tema del “nacimiento de la ciencia moderna” existen revisiones interesantes que han cambiado nuestra visión idealizada del repentino surgimiento de una nueva forma de saber. Ver por ejemplo Steven Shapin, La Revolución Científica: una interpretación alternativa. Paidós, Barcelona, 2000.
 
Una sugestiva narración de estos episodios de la historia moderna ver Josep Fontana (1982) Capitulos 4 y 7.
 


Inicio
Quienes Somos
Revista
Vínculos
En Discusión
Praxis

© Fundación Incertidumbre 2002 - 2006 / fundacion@incertidumbre.org
Bogotá - Colombia
Este sitio se desarrolló usando MAMBO

Nombre de usuario

Contraseña

Recordarme
Recordar contraseña
¿Aún no dispone de una cuenta? Crear cuenta